100 Aniversario de San Juan Pablo II
El 18 de mayo se cumplieron los 100 años del nacimiento de primer Papa no italiano y el mundo católico hace memoria de su gran figura.

Hace cien años nacía en la pequeña localidad de Wadowice, al sur de Polonia, Karol Wojtyla. Nacido en el seno de una familia humilde, pocos podían llegar a imaginar que se convertiría en el primer papa no italiano, uno de los más recordados, con numerosos hitos durante sus muchos años de trabajo: tuvo el tercer pontificado más largo en la historia de la iglesia católica, de casi 27 años (1978-2005), beatificó a 1.340 personas y canonizó a 483 santos y realizó 104 viajes en los que visitó 129 países. Quizá uno de los momentos más recordados fue el atentado sufrido el 13 mayo de 1981, cuando dos balas disparadas por el turco Ali Mehmet Agca hirieron de gravedad al Papa mientras saludaba en papamóvil a los fieles durante la audiencia general en la plaza de San Pedro. Posteriormente, el terrorista fue perdonado por el pontífice que le visitó en la cárcel.
Con motivo de esta efeméride, el diario vaticano “Osservatore Romano” -que a día de hoy y a causa de la pandemia unicamente se edita en formato digital- ha dedicado un número especial de varias páginas a la vida de San Juan Pablo II. En la portada, una imagen del papa polaco es acompañada por un pensamiento del Papa Francisco pidiendo su intercesión: “Recordando el centenario del nacimiento de San Juan Pablo II, recurrimos a él para pedirle su intercesión: Intercede para que siempre permanecemos fieles al Evangelio. Intercede para que sepamos cómo abrir las puertas a Cristo (…) Intercede para que sepamos cómo responder a las necesidades de nuestros hermanos que sufren”.
También el papa emérito Benedicto XVI, retirado desde el pasado febrero de 2013, escribió una carta con motivo del centenario del papa con quien compartió muchos años de trabajo en la Curia.
Benedicto XVI, de 93 años, estuvo al lado Wojtyla durante casi todo el pontificado al estar al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1981. “Cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada”, recuerda en su carta el pontífice alemán.
El papa emérito añade “la tarea que superaba las fuerzas humanas esperaba al nuevo Papa. Sin embargo, desde el primer momento, Juan Pablo II despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia. Primero lo hizo con el grito del sermón al comienzo de su pontificado: ¡No tengan miedo! ¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo! Este tono finalmente determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia”. En estos días, por esta efeméride, se ha publicado el documental “Wojtyla: La investigación” del periodista español José María Zavala, una cinta que recoge momentos nunca antes conocidos de la vida de Juan Pablo II y de un pontificado en medio de la guerra fría, del fin de la Unión Soviética y de la caída del Muro de Berlín y las varias conspiraciones para acabar con su vida.
Frases de San Juan Pablo II en “Dives in Misericordia”
Frases de la carta encíclica de Juan Pablo II sobre la Misericordia Divina:
«A Dios nadie lo ha visto», escribe San Juan. No obstante, mediante esta «revelación» de Cristo conocemos a Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el hombre». No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que, además, y ante todo, Él mismo la encarna y personifica.
Es justamente ahí donde «sus perfecciones invisibles» se hacen de modo especial «visible», a través de sus acciones y palabras y, finalmente, mediante su muerte en la cruz y su resurrección.
De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia. Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como «Padre de la misericordia», nos permite «verlo» especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad.
Son muchos los pasos de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el amor misericordia bajo un aspecto siempre nuevo. Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada, la parábola del hijo pródigo o la del buen Samaritano
De este modo, la misericordia se contrapone en cierto sentido a la justicia divina y se revela en multitud de casos no sólo más poderosa, sino también más profunda que ella. Ya en el contexto de la Antigua Alianza anuncian de antemano la plena revelación de Dios que «es amor». El concepto de «misericordia» tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica historia. En la predicación de los profetas la misericordia significa una potencia especial del amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo elegido.
Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente humillado, sino como hallado de nuevo y «revalorizado». La misericordia tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama ágape. Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado.
El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo. Creer en el Hijo crucificado significa «ver al Padre», significa creer que el amor está presente en el Mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia.
Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. En su resurrección Cristo ha revelado al Dios de amor misericordioso, precisamente porque ha aceptado la cruz como vía hacia la resurrección.
Nadie como María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su «fiat» definitivo. En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada.
La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus fieles, bien sea—en cuanto posible—en la de todos los hombres de buena voluntad.
La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es más fuerte que la muerte: en efecto, «cada vez que comemos de este pan o bebemos de este cáliz», no sólo anunciamos la muerte del Redentor, sino que además proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida en la gloria.
En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado. Es el sacramento de la penitencia o reconciliación el que allana el camino a cada uno, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas.
Supliquemos por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar «la misericordia de generación en generación», y también de aquellos en quienes se han cumplido hasta el final las palabras del sermón de la montaña: «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia».